
“A los perros locos les damos un golpe en la cabeza;
al buey fiero y salvaje lo sacrificamos…;
ahogamos incluso a los niños que nacen débiles y anormales.
Pero no es la ira, sino la razón lo que separa lo malo de lo bueno.”
SENECA
Se inicia el recuento donde toda ceguera se desflora ante el fulgor de algunas imágenes que se compilaban como un atrio sagrado. El tintero se convierte el nexo que relata desde una óptica omnisciente, una suerte de crónica que cesó por completo. Qué clase de gesta más ingenua, qué clase de engaño más perezoso.
Como una muestra ilusoria de algún capricho hecho instalación fúnebre, lo incauto de la desconexión psicológica, propio de la era en desfase de todos aquellos causales, alojados en el segmento del postrauma. Nunca profesé un análisis evidente, aunque la sombra jamás se difuminó por completo, allí como hondeo de bandera territorial las disfunciones se anidaron en aquella psique. Al armar los bosquejos propios del aprendizaje, constaté como un patrón bien formado algunos rasgos, salidos de cualquier libro que declara el estado de un sin fin de personalidades.
Jamás quise constituirme en un rol para el cual nunca fui preparada, no fui moldeada para señalar lo aparente, sólo asiento en las actitudes que fueron y seguirán siendo completamente autodestructivas, no se trata de un espacio, un intervalo, es más que eso, una ráfaga de excesos cíclicos de poca solución. De seguro acostumbrado al repele de los que han se han constituído circunstancias referenciales a tu ciclo vivencial.
Lamentablemente, dejé pasar la jugada, y nunca me senté con la frialdad propia del juego de póker para devolverte el desapego y el rechazo de la compuerta acostumbrada.
Una alerta inequívoca abreviada en el cóctel de la paranoia, la depresión, el aislamiento social, el sentimiento de culpa y la frialdad robótica ante todo aquello que te profesa afecto. Infame creencia de la purificación de las almas basado en métodos de fuerza interna, ¿qué ocurre cuando careces de ella?
Deambula consuelo inexistente, mis fuerzas no las consumirás –Sé penitente de tu propia tragedia-




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