Mientras hoy unos celebran Halloween, con creencias paganas, moda, tragos, fiestas de disfraces, risas, bailes y paradas por doquier en cualquier estado americano. Mi noche, transgrede entre el rechinar de mi ventana, con la pantalla deshecha en plano, ante la pared natural de mi vivienda. Una noche de 1ero de noviembre junté mis fuerzas, para hacerle frente a una película que venía huyendo, no por mal, sino el contraste de belleza un poco conjugada con acontecimientos de mi vida. Como suele ser en mi persona, no me amilano ante las vicisitudes, tomo un poco de tiempo para juntar fuerzas de las cenizas como el fénix, y remontarme de nuevo en las alturas como las águilas con la pera en alto y el deseo de seguir la carrera de los días hasta que llegue el momento de perder el hálito natural del emblema.

En el site IMDB le dan unas 7.8 estrellas, supongo a que se debe un poco por la manera rebuscada en que se cuenta la historia, pero para mí justamente es el detalle que la hace atractiva, no me gusta que me den todo de boquita sin que me den cabida al análisis, me fascinó el cuido del detalle, me recordó mucho al cortometraje que dio vida a Amelié Poulain.
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Destiny cannot be denied. Un film de Julio Médem, en el se narra una historia bajo los signos de un inequívoco destino. O de un azar lleno de casualidades, como quiera verse. Para empezar, los nombres de ambos son palíndromos, cosa que, aunque no tiene mayor trascendencia, dotará a la película de un indescifrable misterio. Alvaro, será el nombre del padre de Otto, quien involuntariamente unirá a los dos protagonistas cuando decide vivir con la madre de Ana, pero también será el nombre del último padrastro de Ana, con quien su madre se muda después de abandonar al padre de Otto.
Cabe mencionar que la narrativa se basa en la visión subjetiva de los personajes, quienes cuentan a su propia manera lo que van viviendo. De tal forma que un mismo suceso tiene minúsculas, aunque significativas variantes, dependiendo si lo narra Ana u Otto. Otro gran acierto en la película de Julio Médem es el equilibrio logrado entre la alegría y la tristeza, lo cual la aleja de los patetismos baratos y la acerca más a una esencia humana, en la que nadie está a salvo de su propio destino.







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