
Las mareas van y vienen, mientras te acostumbras al vaivén de las olas un nuevo tsunami arrasa tus costas. Han sido días, horas y semanas de reajustes. Compartir una visión distinta, un sabor líquido, un departir de razones que chocan con tus preceptos. Al final uno cede a favor del lugar común. Mi ciudad, mi país y mi deambular se han convertido en una suerte de zombies con afecciones que dependen de las emociones intempestivas, las frustraciones y la politiquería que no va de la mano con la ética y mucho menos con la sana competencia.
Siempre he pensado que hay que reinventarse hacer algunos ajustes nuevos a las conformidades y luchar pese a las circunstancias por lo que uno quiere. Entiendo la fuga de cerebros en mi país, entiendo a los idealistas, a los anarquistas, a los pacificadores y a los que anhelamos vivir un ciclo diferente. Sin asfixia, odios, envidias, inseguridades y líderes negativos que hacen ceder en retroceso a la organización que representan bien sea civil, política o empresarial.
Los males han consumido el espíritu del venezolano, lo bonachón se convirtió en profanador de lo risible y noble para dar a luz un nuevo gen de resentimiento, envidias y sortilegios a lo “Juego de Tronos”.




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