La violencia tiene muchas caras, formas, expresiones, miradas, frases y escondites. Hasta algunas tonadas de infancia, ladrillos y cercadas. Una mirada un tanto afable que la convierte en cotidiana, tan parte de ti, que piensas que es tu segunda piel. Engaños y percepciones borrosas de quienes la justifican y ven a sus ejecutores con ojos de afecto, un tanto enfermizo al punto de encender velas en su nombre.
El sometimiento del poder del que fue víctima y ahora es victimario es una sensación que les genera adrenalina, superioridad y hasta soberbia. Pecados capitales o no , es simple, el círculo se vuelve asfixiante. De vez en cuando las personas alzan la voz, dicen cuanto adverbio, sustantivo y símil se les pase por la cabeza. Un ejercicio de proyección que va y viene hasta volverse en algo habitual.
La pobreza no sólo física sino también espiritual les sale por los poros -naturaleza innegable- que los suspende al límite. Un dejo de sus fallidos, el sometimiento del cercano, la fricción del lejano y la ofuscación del que salió de sus entrañas.
El país de los tuertos en donde el ciego es el rey, la reina alfa de las manadas venezolanas es esa mujer que combina lo masculino en lo femenino, demarca el matriarcado latinoamericano y la puja de la herencia enrarecida entre sus vástagos.
Una pandemia generacional que corrompe los patrones sanos de la convivencia social. Lidera la ausencia de respeto, especialmente en féminas con patrones enrarecidos y hombres que viven bajo las faldas maternas.
Freud tenía razón nos decimos, se dicen, me digo una y otra vez. No importa a dónde huyas, los mares que cruces, la pequeña libertad que te inventes tras un viaje, ella y él siempre vivirán en tu inconsciente hasta que pongas el fin de ese patrón de carencias que te implantó alguien que no fue tan ajeno a ti.
La violencia en cualquiera de sus formas no debe ser una tradición vista desde el diván. Cada vez se ha vuelto más común en las calles, urbanizaciones, barriadas, avenidas, trabajos, entre relaciones interpersonales, familiares y pare usted de contar. Esa pequeña Venecia de ensueño se ha convertido en el monstruo alimentado por nuestras perversiones, carencias como sociedad e individuos y el placer del caos que existe en cada uno de nosotros.





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